Autor: [AUTHOR] Publicado: 29/mar./2015 Categorías: Series de Estudios, Bases para la Unidad de la Iglesia
En estos domingos hemos estado analizando el pasaje de la Carta del Apóstol Pablo a los Efesios donde, inspirado por el Espíritu Santo, nos deja en claro los fundamentos de la Unidad en la que vivimos y somos llamados a vivir los cristianos.
Hemos visto hasta ahora cinco de los siete aspectos que conforman este “Fundamento” sobre el cual está establecida la Unidad de la Iglesia de Cristo:
Cada unos de ellos representa un elemento crucial a la hora de considerar lo valioso de vivir en esta unidad establecida, no por nosotros, ni por mérito de alguno de nosotros; ni siquiera de los apóstoles designados por Jesucristo.
La unidad está establecida por la decisión del Padre, a través de la obra de Cristo en su vida, muerte y resurrección y la operación continua del Espíritu Santo.
Es así como nuestra responsabilidad, como bien hemos estado viendo desde el comienzo, no es, de ninguna manera “crear” esta Unidad, sino contribuir con esmero y diligencia en vigilar, preservar, guardar, mantener esta unidad. No hacerlo es no entender el llamado de Dios para cada creyente.
Hoy nos corresponde terminar esta serie de estudios tocando los últimos dos aspectos que conforman este cimiento:
6. Un bautismo 7. Un Dios y Padre
6. Un Bautismo (v.5b):
El Diccionario de Palabras Griegas de W. E. Vine dice del sustantivo “bautismo”:
“1. baptisma…, bautismo, consistente en el proceso de inmersión, sumersión, y emergencia”.
Hay un sentido doble en esta frase:
a. Un bautismo de “Incorporación”: Es el bautismo “del” Espíritu Santo, por el que los que confían en Cristo son puestos en el cuerpo (1 Co. 12:13). Es el bautismo único y unificador que, por el poder del Espíritu, incorpora a los creyentes al único cuerpo del único Señor (Ga. 3.27-28). Por medio de este bautismo del Espíritu todos los creyentes, procedan de los gentiles o del judaísmo (como entonces se diferenciaban unos de otros), son
recogidos en la unidad corporativa que es la Iglesia. En el acto de fe, el Espíritu Santo “sumerge” al creyente en Cristo y el mismo Espíritu se incorpora a cada uno, ya que “se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1° Co 12.13). Por esta razón, el bautismo del Espíritu nos une vitalmente a Cristo de manera que “todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte” (Ro. 6.3) –identificados con- Por ello, los que han creído y son bautizados en Cristo por el Espíritu en la “inmersión” de cada uno en Cristo, quedan revestidos de Cristo mismo (Ga 3.27).
Este punto es crucial en el entendimiento de que, sin el Espíritu Santo habitando en la vida del creyente no puede haber confesión de Jesucristo como Señor (1° Co. 12.3), ni tampoco ser parte del “Cuerpo de Cristo” la Iglesia (1° Co. 12.13). No puede haber un “segundo” bautismo del Espíritu Santo, algo así como “otra experiencia” sobrenatural por la que tenemos que pedir a Dios, pero sí, por contraste se nos manda a ser “llenos
del Espíritu Santo (Ef. 5.18), o sea, ceder el control de nuestra vida al Espíritu en vez de ser controlados por otra cosa. Esto ha creado mucha confusión y división. Pero no vamos a detenernos en este punto pues no el propósito. Solo debemos entender que por la acción del Espíritu Santo, somos incorporados, sumergidos en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y por su obrar en nuestras vidas tenemos el poder para “guardar” la unidad establecida.
b. Un bautismo de “Identificación”: Es el bautismo por el que los convertidos confiesan su identificación con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección. Aunque hay en la actualidad diferentes modos de bautismo, el Nuevo Testamento reconoce un bautismo de los creyentes sumergiéndolos en agua, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28.19). Al bautizarse, los discípulos expresan públicamente su identificación con Cristo en su sepultura de su viejo yo, y una decisión de andar en novedad de vida (Ro.6.4)
Hace unos cuantos años atrás fuimos con mi novia en ese entonces y esposa ahora, y varios hermanos de la congregación donde asistíamos a un congreso misionero en el vecino país de Chile; y en una de las reuniones uno de los oradores contaba sobre cuestiones con las que tuvo conflicto luego de su conversión a Cristo. Y una de ellas fue la decisión de bautizarse, cosa que hizo, pensando que su “viejo hombre” moriría ahogado en las aguas del bautismo; pero según cuenta él, lo que no sabía era que su “viejo hombre” sabía nadar!!!!! ¿Por qué recuerdo esto?
Porque no significa que luego del bautismo y como por “arte de magia” se van a acabar las luchas contra la “carne, el mundo y Satanás”, pero sí que nuestro anhelo es de asemejarnos cada día más a Jesucristo.
Es una decisión personal que cada creyente debe tomar, en obediencia al mandato de Cristo, no para “salvación” de su alma, sino para “mostrar” públicamente lo que ha sucedido interiormente. Si bien es una práctica que no es exclusiva de los cristianos, pues es conocido que muchas culturas o creencias lo practicaban y practican en la actualidad, no debe esto ser considerado como secundario en la vida del cristiano, o pospuesto como muchos acostumbran. Si bien cada iglesia local estima un tiempo y edad aconsejada, es necesario que obedezcamos este mandato del Señor lo antes posible.
7. Un Dios y Padre. v.6 (“…de todos, el cual está por encima de todos, actúa por medio de todos, y está en todos.”)
Qué manera más maravillosa de terminar la descripción de las “Bases para la Unidad de la Iglesia”.
Es como una exquisita pieza musical que comienza dando sus primeras notas con algunos instrumentos y culmina con toda la orquesta sonando con un vigoroso estruendo que nos hace estremecer!
Tratar de abarcar la totalidad del significado de este solo concepto nos llevaría años de estudio y miles de páginas, y ni aún así creo que lo llegaríamos a cubrir en plenitud.
Puede ser por ello que algunos teólogos clasifican a esta última de las bases para la unidad como “TRANSCENDENTE”, y ciertamente lo es, porque la base unitaria de la Iglesia tiene su fundamento en la unidad de Dios mismo. En Juan 17.21-23 vemos anticipadamente lo que ahora estamos viviendo: Jesús mismo ruega al Padre de que así como ellos eran uno, los que iban a creer en él también lo fueran. Dios es uno y único, y este Dios único y verdadero atrae a Él mismo a todos los creyentes hacia esa unidad.
Haciendo una rápida búsqueda en mi Biblia sobre las referencias a Dios como Padre, encontré un detalle particular: en el Antiguo Testamento son muy pocas, no más de ocho o diez, tal vez algo más, pero muy puntuales, pero en el Nuevo Testamento, aparece esta expresión casi unas cincuenta veces, más o menos, sin ser muy exhaustivos en la búsqueda, particularmente en los Evangelios y las cartas del Ap. Pablo.
Al pensar en esto, se conmueve mi corazón, viendo que Dios ha tenido la insistente iniciativa de relacionarse con nosotros, los que vivimos de “este” lado de la Cruz, de una manera tan personal e íntima. Como también lo expresa el pasaje del apóstol Juan: “Mirad cual amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios.”(1° Juan 3.1ª)
Puesto que tenemos un mismo Dios y Padre, ¿Cuá l es nuestra responsabilidad como hijos?
Por lo menos 4 puntos se desprenden de esta declaración:
a) Un Dios y Padre: de todos: como aclaración debemos hacer notar que si bien Dios es el Creador de todos los seres humanos, no todos los seres humanos gozan de esta relación filial con Dios. Es en el momento de nuestro reconocimiento de Jesucristo como Señor y Salvador, que “entramos” en esta relación. Somos “adoptados” por Dios como sus hijos (Ro. 8.14-15, Gal 4.5-7) Por esa maravillosa obra soberana de Dios, pasamos a disfrutar de esa nueva relación de hijos de Dios”. También somos incorporados a la familia de Dios (Ef. 2.19), de mod o que tenemos “hermanos” en esta familia. No somos “hijos únicos”, pues si bien la relación con Dios es personal, no es exclusiva ni diferente a la de nuestros hermanos. Tan importante es este punto, que si no lo entendemos,
corremos el riesgo de confrontar a Dios mismo. ¿Por qué? Porque nosotros no somos los que elegimos quienes van a formar parte de la familia de Dios, esta es la decisión soberana de nuestro Padre (Hch 2.47), o sea que, si usted se queja de su hermano, se está quejando directamente a Dios. Está cuestionando su soberana decisión!
Le está diciendo a Dios: te equivocaste!!!! …o sea, piénselo dos veces o más antes de quejarse de su hermano!
b) Un Dios y Padre: el cual está por encima de todos: Uno de los problemas más comunes que tenemos los hermanos es el de creernos más que el otro. Si nació en una familia con varios hermanos, entiende mejor lo que le estoy diciendo! Me acuerdo como si fuera ayer las trifulcas que se armaban cuando mis padres tenían que salir de casa y dejarnos solos por un rato. Ahí se generaban estas disputas por el poder! De los que lo querían ejercer y los que no los querían reconocer! Cada uno quería tener su pequeño “reino” con sus súbditos! Era difícil poner de acuerdo a 5 hermanos, así que siempre había por lo menos dos “reinos” en conflicto!
Lo mismo sucede en la iglesia. No quiere decir que no deba haber principios de autoridad, porque si no lo hubiera todo sería un caos! Lo que sucede es que a veces creemos que tenemos las cosas más claras que Papá, y queremos imponer nuestra “autoridad” e intentamos manejar a nuestros hermanos con nuestros caprichos, cuando el que está por encima de todos es nuestro Dios y Padre. Debemos reconocer siempre que por sobre todos está nuestro Padre Celestial. Él siempre tiene la última palabra! (Ro. 12.3)
c) Un Dios y Padre: que actúa por medio de todos: ¡Cuánto me gozo por esta declaración! ¿Porqué?, Porque nuestro Dios y Padre también me puede usar para su obra! ¡No hay hijos que no estén capacitados para servir en la obra del Señor! Más adelante en la misma carta, el apóstol trata el tema de los dones que Dios da a cada uno de sus hijos para capacitarlos para Su obra (Ef. 4.7 y ss; Ro. 12.6 y ss.; 1° Co. 12.1 y ss).
A veces nos deslumbramos con aquellos hermanos reconocidos por sus dones y talentos, y decimos en nuestro interior “yo no puedo hacer nada, no tengo ninguna capacidad, no sirvo para nada!
Esto no solo es un pensamiento errado, sino también es una muestra de incredulidad a Dios! Dios está diciendo que nos ha capacitado y tenemos que creerle. Tampoco usemos esto como excusa para no servir! Es nuestro deber como hijos poner empeño en conocer, desarrollar y contribuir con los dones y talentos que Él nos ha dado, para la edificación de su Iglesia y la gloria de su Nombre.
d) Un Dios y Padre: que está en todos: Este es tal vez uno de los aspectos más impactantes de todos! Él no solo nos salva, nos adopta, nos guía, nos usa sino que además de todo esto nos asegura Su incomparable Presencia en nuestras vidas! (1° Co. 3.16,17; 6.19, Ef. 2.22; 1° Ti 3.15).
El valor que cada hijo tiene no depende de “cuán bueno somos” o de cuánto hagamos, no es mérito nuestro, no lo podría ser jamás! Es por la gracia de Dios Padre, por su gran amor con que nos amó, que dio lo más p recioso, la vida del Unigénito Hijo Jesucristo (Jn 3.16), y el don maravilloso del Espíritu Santo.
Somos su Casa, su Templo, su Habitación. Dios morando en cada uno de sus hijos! Este enorme priviliegio implica que, mi hermano es tan “casa de Dios” como lo soy yo! No debo atentar contra mi hermano, pues si lo hago estaría atentando contra el Templo de Dios!
Por un momento imaginemos que estamos en nuestra casa y uno de nuestros vecinos sale a la calle, se para frente a nuestra casa y comienza a romper los vidrios a pedradas! Seguramente Ud. saldría, tranquilamente y se acercaría a su vecino y le diría: “Gracias!!! Hace tiempo que venimos conversando con mi esposa de cambiar los vidrios de las ventanas y remodelar la casa!”, entonces Ud., alegremente se pone a juntar piedras y junto con su vecino terminan ese trabajo de “remodelación”….Seguro que NO! Ud. saldría como León rugiente buscando a quién devorar!!! Verdad!…dejemos el resto a la imaginación! ¿Sabe una cosa?: Dios deja en claro que Él se va a encargar de aquellos que atenten contra Su Casa!! (1° Tes.4.6).
Pero hay otro punto muy importante y es que no importa cuán lejos o cuán cerca estés del Padre, sigues siendo hijo! (ver la parábola del hijo pródigo en Lc. 15.11-32). Nada ni nadie nos puede separar del amor del Padre! (Jn. 10.29; Ro. 8.28.39).
Como conclusión:
¿Por qué la insistencia sobre este tema?, ¿Por qué analizar y meditar en estos principios cuando comienzan las actividades generales de la Iglesia en este 2015?, pues por la misma razón que cada uno pone “su mano en el arado” de la gran obra de Dios: que el mundo crea a Jesucristo, y le confiese como Señor y Salvador!
La misma Palabra de Dios lo declara: Juan 17.20-21
El testigo más grande del poder y amor de nuestro Padre es nuestra vida de unidad! Nada habla mejor ni más fuerte! Allí envía Dios su bendición.(Sal. 133) porque no solamente basta con nuestra palabra sino también es necesario nuestro ejemplo.
La unidad se ve, se siente y “huele en el ambiente” Como decía una vieja propaganda de una marca de café: “atrae por color…conquista por sabor”.
Bien decía el “teólogo” José Hernández en su célebre escrito “El Martín Fierro”, por muchos conocido: “Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera, tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera.”
Pero aunque se levante el infierno con todo su poder, nada podrá contra la Iglesia de Cristo unida! Nada! (Mt. 16.18).
Una reflexión final
Finalmente, quisiera hacer una reflexión sobre la condición de los que estamos aquí.
No podía dejar de pensar en el hecho de que tal vez alguno de los que está oyendo este sermón, no pueda comprender lo que significa ser hijo de Dios. Tal vez su modelo de padre no ha sido ni el más bueno, ni el mejor. Tal vez todo lo contrario, su imagen de Dios está distorsionada por el mal ejemplo de sus padres y eso es un estorbo en su mente. Es por eso que quiero que entienda que tener a Dios por Padre es lo más maravilloso que pudiera una persona vivir. Él es el modelo perfecto de Padre! y quiere serlo para Ud. o para vos! Muchos también piensan que “Dios tiene nietos”, ¿cómo? Sí me escucharon bien! Muchos aquí están confiados en una falsa concepción de que porque papá o mamá o los abuelos son hijos de Dios, con eso están “cubiertos”. Pero Dios deja muy claro que nuestra relación con Él es “personal”; que un día cada uno de nosotros vamos a dar cuenta de
las decisiones que tomemos en esta vida. Es por eso que no desearía que si alguno de los que están aquí hoy, con unode estos pensamientos equivocados salga sin tomar la decisión de cambiar su condición con Dios.
Él ha provisto todos los medios!!! Nuestra respuesta a toda esa provisión de Dios es creer, confesar, estar de acuerdo con Dios con respecto a nuestra condición perdida y aceptar su perdón! (Juan 3.16).
Con todo mi corazón quiero decirles que es mejor tener a Dios por “Padre” hoy, que más adelante presentarnos delante de Él y decirle “Sr. Juez”. (Hebreos 9.27)
Dios les bendiga!